
El frío de la madrugada retenía mi fuerza de voluntad. Luego de un rato de incansable búsqueda de un teléfono celular insolente y escandaloso, decidí salir a mirar. El cielo estaba despejado pero ella no estaba por ninguna parte. Debía estar en el cenit. No iba a salir de mi casa a esas horas, así que todo parecía que la providencia me señalaba el camino de regreso a mi cama, regresé. Ví a D en el pasillo, la unión hizo la fuerza. Subimos no sé por dónde y con un pequeño e incómodo movimiento sobre el techo, vimos la luz. Por lo menos eso vi yo, una mancha de luz clara en el cielo, sin sangre. Pensé en que no es posible que justo la madrugada que hay eclipse total de luna, haya dejado los lentes enllavados en otro lado. Mientras D me contaba lo roja que estaba la luna, yo entrecerraba mis ojos para alcanzar a ver aunque sea el tono anaranjado... pero nada. Solo pensaba en los minutos de sueño perdidos, me decía que por la mañana habrían por internet fotos profesionales del evento... Al final, a pesar de que no vi sangrar a la luna, sentí llorar al rocío.