viernes, 3 de abril de 2009

Un día de perros

Siempre que J se quejaba yo le decía que hay días de días, lo difícil es verme en el espejo y repetírmelo a mí misma.

Ayer al alba dí vueltas en mi cama intentando conciliar el sueño, en realidad necesitaba dormir, pero el desvelo se había posado in fraganti en mis pupilas...

Abrí las cortinas con optimismo madrugador, pero el amanecer no se deja ver, sólo la lluvia caer liviana, como quien huye del cielo gris, triste, contagioso.

No pude cumplir el primer compromiso del día. Cuando pude vestirme de coraje para llamar a cancelar... Se me respondió amablemente, pero era demasiado tarde, la congoja recorría junto a mi sangre, cada vena y arteria.

Me topo al que evito en un lugar cualquiera... caminamos bajo el fulminante sol que amenazaba con cambiar nuestro color de ánimo, y la media hora se me hizo como media vida...

Salí tarde de la clase siguiente, pero tenía antojo de un granizado que no se dejó abrigar en mis manos, granizado que no encontré, que luego visualicé anonadada en las manos de mi compañero de viaje en el bus. Hubiera pagado una fortuna por él.

La fila de carros era interminable como una cadena de hormigas inventándose una ruta donde no la hay.

Cuando después de casi 2 horas de viaje estaba a escasos metros de mi casa, el reloj marcaba casi a las 6, hora de la siguiente clase. El tiempo apremiaba y en cada respiro incrustaba estrés a mis pulmones. Al cruzar la calle, de la nada me sale al paso un bus en plena acera, como si tuviera el derecho de robarme mis minutos.

En ese momento sentí cómo todos los segunderos de todos los relojes del barrio atornillaban mi cabeza y cada tic tic tic era un PUM PUM PUM.

Corrí para liberar tensiones pero el corazón me dió un vuelco cuando el perro gigante de la esquina empezó a ladrarme y la puerta, por algún misterio que no logré resolver, le estaba abierta de par en par.

Entré a la casa pero fue como si hubiera seguido directo y hubiera salido por la puerta de atrás.

Esperaba pescar con mi ya experto brazo un taxi, que me dejó esperando y esperando... No tenía más opción que correr.. y corrí y corrí y seguí corriendo con el espíritu de una atleta. Y así llegué, con los latidos del corazón atravesándome la garganta, para que a los 10 min me cortaran la clase, y el aliento... Y ahí estaba yo, viéndolos irse. Y se fueron como quienes simplemente se van.

De vuelta, apenas pude alistar mis cosas porque mi amiga V me estaba esperando, cuando la vi me dijo que me había estado llamando. Le creí. Le creí porque era obvio que mi día no había terminado: Dejé el celular y los zapatos del día siguiente en mi casa. No iba a dar ni un paso atrás.

Pdt: Olvidé avisar en mi casa que no volvería esa noche... Pueden imaginar el resto.

Me repito y me vuelvo a repetir que el estrés envejece, que es tan malo para el cuerpo como una antesala a la muerte. Pero el estrés de toda una vida no deja de pesarme sobre los hombros en un solo día. Quizá deba dormir más, quizá no deba tomarme tan en serio la vida.

1 comentario:

Silvia Salas Ramírez dijo...

hay cosas q aún me dan risa, lo del perro y lo de las chanclas.
Pero hay cosas q aún no asimilo.
Cómo no te llevo un momento a tu casa por lo q olvidaste y como no te presto unas pinches tenis

Hay amiga... fue divertido escuchar toda tu crónica en las afueras de mac

te quiero mucho chauu